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Romances
del Cid
edición digital de Alexander J. McNair
Índice
de primeros versos:
A Jimena
y a Rodrigo [5]
¡Afuera, afuera, Rodrigo!
Cabalga Diego Laínez [4]
Doliente estaba, doliente
En Burgos está el buen Rey [3]
En los solares de Burgos [7]
En Santa Gadea de Burgos
Grande rumor se levanta [2]
Morir vos queredes, padre
Pensativo estaba el Cid [1]
Pidiendo a las diez del día [8]
Por aquel postigo viejo
Por el val de las Estacas [6]
Rey don Sancho, rey don Sancho
Sobre el muro de Zamora
Tristes van los zamoranos
Ya cabalga Diego Ordóñez
Los textos:
[1]
Pensativo
estaba el Cid
viéndose de pocos años
para vengar a su padre
matando al conde Lozano;
miraba el bando temido
del poderoso contrario
que tenía en las montañas
mil amigos asturianos;
miraba cómo en la corte
de ese buen rey Don Fernando
era su voto el primero,
y en guerra el mejor su brazo;
todo le parece poco
para vengar este agravio,
el primero que se ha hecho
a la sangre de Lain Calvo;
no cura de su niñez,
que en el alma del hidalgo
el valor para crecer
no tiene cuenta a los años.
Descolgó una espada vieja
de Mudarra el castellano,
que estaba toda mohosa,
por la muerte de su amo.
--Haz cuenta, valiente espada,
que es de Mudarra mi brazo
y que con su brazo riñes
porque suyo es el agravio.
Bien puede ser que te corras
de verte así en la mi mano,
mas no te podrás correr
de volver atrás un paso.
Tan fuerte como tu acero
me verás en campo armado;
tan bueno como el primero,
segundo dueño has cobrado;
y cuando alguno te venza,
del torpe hecho enojado,
hasta la cruz en mi pecho
te esconderé muy airado.
Vamos al campo, que es hora
de dar al conde Lozano
el castigo que merece
tan infame lengua y mano.
Determinado va el Cid,
y va tan determinado,
que en espacio de una hora
mató al conde y fue vengado.
[índice]
[2]
Grande rumor
se levanta
de gritos, armas y voces
en el palacio de Burgos,
donde son los ricoshombres.
Bajó el rey de su aposento
y con él toda la corte,
y a las puertas del palacio
hallan a Jimena Gómez,
desmelenado el cabello,
llorando a su padre el conde;
y a Rodrigo de Vivar
ensangrentado el estoque.
Vieron al soberbio mozo
el rostro airado se pone,
de doña Jimena oyendo
lo que dicen sus clamores:
¡Justicia, buen rey, te pido
y venganza de traidores;
así se logren tus hijos
y de tus hazañas goces,
que aquel que no la mantiene
de rey no merece el nombre!
Y tú, matador cruel,
no por mujer me perdones:
la muerte, traidor, te pido,
no me la niegues ni estorbes,
pues mataste un caballero,
el mejor de los mejores.
En esto, viendo Jimena
que Rodrigo no responde,
y que tomando las riendas
en su caballo se pone,
el rostro volviendo a todos,
por obligalles da voces,
y viendo que no le siguen
grita: ¡Venganza, señores!
[índice]
[3]
En Burgos
está el buen rey
asentado a su yantar,
cuando la Jimena Gómez
se le vino a querellar;
cubierta paños de luto,
tocas de negro cendal;
las rodillas por el suelo,
comenzara de fablar;
Con mancilla vivo, rey;
con
ella vive mi madre;
cada día que amanece
veo quien mató a mi padre
caballero en un caballo
y en su mano un gavilán;
por hacerme más enojo
cébalo en mi palomar;
con sangre de mis palomas
ensangentó mi brial.
¡Hacedme, buen rey justicia,
no me la queráis negar!
Rey que non face justicia
non debía de reinar,
ni comer pan a manteles,
ni con la reina folgar.
El rey cuando aquesto oyera
comenzara de pensar:
«Si yo prendo o mato al Cid,
mis cortes revolverse han;
pues, si lo dejo de hacer,
Dios me lo demandará».
Allí habló doña Jimena
palabras bien de notar:
Yo te lo diría, rey,
como lo has de remediar.
Mantén tú bien las tus cortes,
no te las revuelva nadie,
y al que mi padre mató
dámelo para casar,
que quien tanto mal me hizo
sé que algún bien me fará.
Siempre lo he oído decir,
y ahora veo que es verdad,
que el seso de las mujeres
no era cosa natural:
hasta aquí pidió justicia,
ya quiere con él casar.
Mandaré una carta al Cid,
mandarle quiero llamar.
Las palabras no son dichas,
la carta camino va;
mensajero que la lleva
dado la había a su padre.
[índice]
[4]
Cabalga
Diego Laínez
al buen rey besar la mano,
consigo se los llevaba
los trescientos hijosdalgo;
entre ellos iba Rodrigo,
el soberbio castellano.
Todos cabalgan a mula,
sólo Rodrigo a Caballo;
todos se visten oro y seda,
Rodrigo va bien armado;
todos guantes olorosos,
Rodrigo guante mallado;
todos con sendas varicas,
Rodrigo estoque dorado;
todos sombreros muy ricos,
Rodrigo casco afinado,
y encima del casco lleva
un bonete colorado.
Andando por su camino
unos con otros hablando
allegados son a Burgos,
con el rey han encontrado.
Los que vienen con el rey
entre sí van razonando;
unos lo dicen de quedo,
otros lo van publicando:
--Aquí viene entre esta gente
quien mató al conde Lozano.
Como lo oyera Rodrigo
en hito los ha mirado:
--Si hay alguno entre vosotros,
su pariente o adeudado,
que le pese de su muerte,
salga luego a demandallo;
yo se lo defenderé,
quiera a pie, quiera a caballo.
Todos dicen para sí:
--Que te lo demande el diablo.
Se apean los de Vivar
para al rey besar la mano;
Rodrigo se quedó solo
encima de su caballo.
Entonces habló su padre,
bien oiréis lo que le ha hablado:
--Apeaos vos, mi hijo,
besaréis al rey la mano,
porque él es vuestro señor,
vos, hijo, sois su vasallo.
--Si otro me dijera eso
ya me lo hubiera pagado,
mas por mandarlo vos, padre,
lo haré, aunque no de buen grado.
Ya se apeaba Rodrigo
para al rey besar la mano,
al hincar de la rodilla
el estoque se ha arrancado.
Espantose de esto el rey
y dijo como turbado:
--¡Quítate, Rodrigo, allá,
quita, quítate allá, diablo,
que el gesto tienes de hombre,
los hechos de león bravo!
Como Rodrigo esto oyó
apriesa pide el caballo,
con una voz alterada
contra el rey así ha hablado:
--Por besar mano de rey
no me tengo por honrado;
porque la besó mi padre
me tengo por afrentado.
En diciendo estas palabras
salido se ha del palacio;
consigo se los tornaba
los trescientos hijosdalgo.
Si bien vinieron vestidos,
volvieron mejor armados,
y si vinieron en mulas,
todos vuelven en caballos.
[índice]
[5]
A Jimena
y a Rodrigo
prendió el rey palabra y mano
de juntarlos para en uno
en el solar de Laín Calvo;
las enemistades viejas
con amor las olvidaron,
que donde preside amor
se olvidan quejas y agravios.
El rey dio al Cid a Valduerna,
a Saldaña y Belforado
y a San Pedro de Cardeña,
que en su hacienda vincularon.
Entróse a vestir de boda
Rodrigo con sus hermanos;
quitóse gola y arnés
resplandeciente y grabado;
púsose un medio botarga
con unos vivos morados,
calzas, valona tudesca
de aquellos siglos dorados.
Eran de grana de polvo
y de vaca los zapatos
con dos hebillas por cintas
que le apretaban los lados;
camisón redondo y justo
sin filetes ni recamos,
que entonces el almidón
era pan para muchachos.
Puso de raso un jubón
ancho de manga, estofado
que en tres o cuatro batallas
su padre lo había sudado.
La Tizona rabitiesa,
del mundo terror y espanto,
en tiros nuevos traía
que costaron cuatro cuartos.
Más galán que Gerineldos
bajó el Cid famoso al patio,
donde el rey, obispo y grandes
en pie estaban aguardando.
Tras esto bajó Jimena
tocada en toca de papos
y no con estas quimeras
que agora llaman hurracos.
De paño de Londres fino
era el vestido bordado;
unas garnachas muy justas
con un chapín colorado,
un collar de ocho patenas
con un San Miguel colgando,
que apreciaron una villa
solamente de las manos.
Llegaron juntos los novios
y al dar la mano y abrazo
el Cid mirando a la novia
le dijo todo turbado:
--Maté a tu padre, Jimena,
pero no a desaguisado,
matéle de hombre a hombre
para vengar un agravio.
Maté hombre y hombre doy,
aquí estoy a tu mandado;
en lugar del muerto padre
cobraste marido honrado.
[índice]
[6]
Por el val
de las Estacas
pasó el Cid a mediodía
en su caballo Babieca,
muy gruesa lanza traía;
va buscando al moro Abdalla,
que enojado le tenía.
Atravesando una loma
y por una cuesta arriba,
dábale el sol en las armas,
¡oh, qué bien que parecía!
Vido ir al moro Abdalla
por el rellano de arriba,
armado de fuertes armas,
muy ricas ropas traía.
--¡Espéresme, moro Abdalla,
no demuestres cobardía!
A a las voces que el Cid daba,
el moro le respondía:
--Muchos tiempos ha, buen Cid,
que deseaba este día,
porque no hay hombre nacido
de quien yo me escondería.
--Alabarte, moro Abdalla,
poco te aprovecharía;
mas si eres cual tú hablas
en esfuerzo y valentía,
a tal tiempo eres venido
que menester te sería.
Estas palabras diciendo,
contra el moro arremetía:
encontróle con la lanza,
en el suelo le derriba,
cortárale la cabeza
y colgóla de la silla.
[índice]
[7]
En los solares de
Burgos
a su Rodrigo aguardando,
tan encinta está Jimena,
que muy cedo aguarda el parto;
cuando demás dolorida
una mañana en disanto,
bañada en lágrimas tiernas,
escribe al rey don Fernando:
"A vos, el mi señor rey,
el bueno, el aventurado,
el magno, el conquistador,
el agradecido, el sabio,
la vuestra sierva Jimena,
fija del conde Lozano,
desde Burgos os saluda,
donde vive lacerando.
Perdonédesme señor,
que no tengo pecho falso,
y si mal talante os tengo,
no puedo disimulallo.
¿Qué ley de Dios vos otorga
que podáis, por tiempo tanto
como ha que fincáis en lides,
descasar a los casados?
¿Qué buena razón consiente
que a mi marido velado
no le soltéis para mí
sino una vez en el año?
Y esa vez que lo soltáis,
fasta
los pies del caballo
tan teñido en sangre viene,
que pone pavor mirallo;
y no bien mis brazos toca
cuando se duerme en mis brazos,
y en sueños gime y forcejea,
que cuida que está lidiando,
y apenas el alba rompe,
cuando lo están acuciando
las esculcas y adalides
para que se vuelva al campo.
Llorando vos lo pedí
y en mi soledad cuidando
de cobrar padre y marido,
ni uno tengo, ni otro alcanzo.
Y como otro bien no tengo
y me lo habedes quitado,
en guisa lo lloro vivo
cual si estuviese enterrado.
Si lo facéis por honralle,
asaz Rodrigo es honrado,
pues no tiene barba, y tiene
reyes moros por vasallos.
Yo finco, señor, encinta,
que en nueve meses he entrado
y me pueden empecer
las lágrimas que derramo.
Dad este escrito a las llamas,
non se faga de él palacio,
que en malos barruntadores
no me será bien contado."
[índice]
[8]
Pidiendo a las diez
del día
papel a su secretario,
a la carta de Jimena
responde el rey por su mano;
y después de hacer la cruz
con cuatro puntos y un rasgo,
aquestas palabras pone
a guisa de cortesano:
"A vos, la noble Jimena,
la del marido envidiado,
vos envío mis saludos
en fe de quereros tanto.
Que estáis de mi querellosa,
decís en vuestro despacho,
que non vos suelto el marido
sino una vez en el año,
y que cuando vos le suelto,
en lugar de regalaros,
en vuestros brazos se duerme
como viene tan cansado.
Si supiérades, señora,
que vos quitaba el velado
para mis namoramientos,
fuera bien el lamentarlo;
mas si sólo vos lo quito
para lidiar en el campo
con los moros convecinos,
non vos fago mucho agravio;
que si yo no hubiera puesto
las mis huertas a su cargo,
ni vos fuerais más que dueña,
ni él fuera más que un hidalgo.
A no vos tener encinta,
señora, el vuestro velado
creyera de su dormir
lo que me habedes contado.
Más pues el parto esperáis...
si os falta un marido al lado,
no importa, que sobra un rey
que os hará cien mil regalos.
Decís que entregue a las llamas
la carta que habéis mandado;
a contener herejías,
fuera digna de tal caso;
mas pues razones contiene
dignas de los siete sabios,
mejor es para mi archivo
que non para el fuego ingrato.
Y porque guardéis la mía
y no la fagáis pedazos,
por ella a lo que pariéredes
prometo buen aguinaldo:
si fuere hijo, daréle
una espada y un caballo
y cien mil maravedís
para ayuda de su gasto;
si fija, para su dote
prometo poner en cambio
desde el día en que naciere
de plata cuarenta marcos.
Con esto ceso, señora,
y no de estar suplicando
a la Virgen vos ayude
en los dolores del parto."
[índice]
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